Marcancuyaj: una propuesta artística para repensarnos y reconstruirnos como latinoamericanxs

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Elena González, fundadora de Marcancuyaj

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

Elena González llega apurada y cargada de cosas. Mientras con una de sus manos sostiene carpetas y libros, con la otra, hurga en su cartera buscando las llaves. Me invita a pasar y prepara todo para el mate. Ella es directora del espacio de Arte llamado Arteniño de la Escuela San Simón y si bien pasó los 60, no aparenta sus años; se la ve coqueta, resuelta y con un espíritu intrépido e incansable.

Ya dentro de su casa, me muestra un portaretrato con una foto en la que se la ve rodeada de niños. “Esa es del 2012, en Cuba”, me explica retrotraída en la imagen. Es que ella como fundadora del proyecto Arteniño viajó varias veces a la isla; la primera a finales de la década del ’90. Pero en su hogar conviven muchas otras imágenes, entre las que se destacan mujeres como Frida Kahlo, estampada en un almohadón; y la de Eva Perón pegada en la heladera junto una fotografía de ella y su madre. Es que Elena, desde el arte, siempre trabajó: por el género, para reivindicar a las mujeres que hicieron la historia; y por los niños, que serán los hombres y mujeres del mañana.

Así, dedicó su vida a generar espacios de reunión, debate y construcción ciudadana, y su empuje y constancia la llevaron a ser una adelantada en su época. Allá por la década del ’80, recién egresada de la Escuela de Teatro, con una formación más bien Europea y abatida por la cultura patriarcal, comenzó a repensar el lugar de la mujer en el teatro y la teatralidad del ritual desde el género. De esta manera, de la mano de otras artistas, fue que inició una investigación de antiguos mitos latinoamericanos para  revalorizar a grandes heroínas que no aparecen en los libros tradicionales de historia. “Ahí descubrimos que éramos una manada de mujeres postergadas o doblegadas por la cultura patriarcal y que no teníamos voz. Por lo que era momento de comenzar a abrir el teatro de sala dedicado a esas mujeres anónimas”, cuenta; y aclara que, en realidad, se trataba de mujeres que estaban en el imaginario colectivo, pero que, por uno u otro motivo, no figuraban en un primer plano, como es el caso de Juana Azurduy o Frida Kahlo.

Así, en el ’95, nace Marcancuyaj Teatro, una escuela laboratorio de juego teatral que intentaba sostener los recursos expresivos que se podían diferenciar del teatro tradicional, utilizando disciplinas como la danza y la ópera. Al ser consultada por la elección del nombre, Elena explicó: “Traducido vulgarmente es como ‘gente que quiere a su pueblo o pueblo que quiere a su gente’”.

Y fue desde este mismo espacio y gracias a su impulso, que se desprendieron dos proyectos que hace años se lleva a cabo de manera paralela: por un lado, Maraterra, siguiendo la línea inicial y fundadora y; por el otro, Arteniño.

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Este último es un espacio de acompañamiento y guía para la formación del niño creador, a partir del ser latinoamericano y se realiza todos los años en el colegio San Simón. Destinado a chicos de entre 3 y 11 años, el mismo propone trabajar conceptos tales como derechos humanos, cooperativismo e inclusión, desde una mirada crítica. Al respecto, Elena señala: “No nos importa llegar a la profundidad si la marea no está alta, porque la marea tiene que ser bien dicharachera, y la marea son los niños. Entonces, ¿de qué nos sirve llegar a la profundidad, si lo que nos importa es lo que pasa en la marea?”

Inicialmente, Arteniño comenzó a focalizarse en el arte europeo para luego ampliar sus fronteras y centrarse en Latinoamérica. Actualmente aborda el caso de América Latina y su mirada hacia Europa. Desde esta perspectiva, el proyecto del 2018 es trabajar la festividad de los pueblos andinos.

Por otro lado, Maraterra funciona como un espacio de investigación y aproximación a la problemática latinoamericana desde el cuerpo, la voz y la musicalidad de la mujer. Y desde allí es que este año retoma la idea del Taller de Mujeres- Llamado a la Manada, un lugar donde hombres y mujeres, conjuntamente y a la par, pueden reconstruir la historia de las malditas que formaron parte del armado de nuestra historia. Malditas entendidas como “aquellas mujeres que se animaron a romper reglas. A esas transgresoras que, desde diversos lugares, lucharon y lograron muchas reivindicaciones que hoy estamos disfrutando, pero que desde la historia trataron de ocultar”, aclara Elena, que insiste en no tenerle miedo a las palabras. “Pero nunca malditas conectadas desde lo masculino a la oscuridad; porque es cierto que muchas veces también estamos cerca de lo oscuro y podemos amar, odiar, ser solidarias o ser egoístas; pero tenemos algo que nos caracteriza como género y eso es que, una vez que traspasamos ese conflicto o esa duda, volvemos otra vez a pensar en colectivo. Y la mujer siempre piensa en colectivo”, explica.

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Habana Vieja (2016)

Es que aquí hay dos puntos clave, según expresa: en primer lugar, entender el rol protagónico que puede tener una mujer trabajando a la par de un hombre y construyendo en conjunto con él. Al respecto, la artista detalla: “Tenemos que retrotraernos a la Guerra Civil Española, época en que mujeres obreras fueron las grandes educadoras y alfabetizadoras de la época. Ahí nacieron las grandes escuelas anarquistas del mundo con toda su pedagogía. Pero esas mujeres nunca se plantearon estar separadas de un varón”. Y añade: “Porque la libertad, el respeto y la igualdad es libertad para todas y todos, y sin el hombre no podemos generar un cambio”.

Y, en segundo lugar, la importancia de reunirse, de juntarse, de generar esos espacios abiertos de intercambio horizontal. Como señala ella: “Este encuentro es una invitación a empoderarnos de espacios mágicos y de compartir, porque a la crisis se la traspasa con alegría y estando con otros. Y es importante tenernos tiempo y escucharnos, conocer quiénes somos y quién es nuestra maldita; porque somos parte de esa”. En esta línea, explica que “descubrir y reconocer a esa maldita de nuestra historia sirve para que, con pinceladas creativas, podamos curarnos y curar el camino, para otra vez volver a generar”. Según asegura, la idea no es santificarlas, ni levantarles un altar, sino comprender el legado de modelo femenino que nos dejaron para seguir construyendo y pensando en colectivo. “Creo que si uno lucha para la liberación es para todos. Y esa búsqueda de la liberación, también es para volver a tener espacios de protagonismo dentro de la construcción de un país”, declara Elena.

En el marco de su interesante trabajo, abre la invitación a participar del Taller de Mujeres- Primer llamado a la Manada que tendrá lugar el martes 13 de marzo a las 21 horas en Escenario 40 (40 Nº1180 entre 18 y 19). Un espacio para reconstruir nuestra historia, mediados por el arte y las ganas de compartir.

“Consumimos más humor que drama, pero es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar”

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Luciano Altamirano, integrante de Chicos Lindos 

Por Daniela Llordella y Sabrina Sistro

Como si se tratase de un pasaje de La Casa de Papel, la serie española que es furor en Netflix, dos productores platenses emprenden la búsqueda de un grupo totalmente heterogéneo de personas, pero lo suficientemente complementarias y hábiles para llevar adelante su cometido. Aunque lejos de tratarse de un atraco, Chicos Lindos sería la banda perfecta para lograr tomar como rehén a su público durante una hora. Así fue que, en el año 2011, Francisco Bariggi y Luciano Requelme comenzaron este proyecto humorístico bajo el gran hallazgo de Luciano Altamirano, Fernando Córdoba, José Ordoqui y Gabriel Steimberg, quienes demostraron reunir las características necesarias para garantizar la risa en cualquier escenario. Un profesor, un analista de sistemas, un fotógrafo y un judío haciendo humor se reúnen bajo una característica en común: “la desgracia de tener una cara muy difícil”.

Lo cierto es que, por aquel tiempo, todavía existía un terreno fértil en el mundo del stand up. Pero la combinación de compañerismo, profesionalismo y amor por su labor fue lo que definitivamente los terminó convenciendo de que estaban en el lugar indicado con las personas indicadas. “Esa química nosotros tratamos de trasladarla a la manera de trabajar y, en ese sentido, lo que intentamos hacer es que sean temáticas balanceadas”, explica Luciano Altamirano.

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Chicos Lindos: (de izquierda a derecha) Fernando Córdoba, Luciano Altamirano, Gabriel Steimberg y José Ordoki.

De esta manera, hace más de seis años que el proyecto sigue en vigencia conquistando diversos escenarios que incluyen desde la ciudad de las diagonales hasta Capital Federal y sus alrededores, con presentaciones humorísticas en las que se juntan para hablar y teorizar sobre la niñez, sus traumas y los prejuicios. “Creo que con Chicos Lindos nos mantuvimos tanto tiempo porque logramos el clima que se genera, por ejemplo, en una banda de música. Tenés tu grupo cercano, te ves para ensayar y producir”, manifiesta. Y esta conexión traspasa el escenario y es asegurada por su público, que lo siente, lo disfruta, lo agradece y, hasta a veces, les devuelve más que lo que ellos mismos esperan. “Una vez nos vino a ver un matrimonio y, a los 15 días que teníamos otra fecha, nos trajeron tortas y postres para agasajarnos porque la habían pasado muy bien. Esos gestos te re contra conmueven”, cuenta Luciano a quien, por el tono de voz, se le nota que siente esos detalles como una caricia al alma. “Es re liberador poder escuchar una carcajada que sale bien de adentro. Cuando oís a alguien que se ríe de un chiste que vos contaste, más allá de que el ego tuyo se siente feliz, estás sintiendo a alguien que descarga algo que tenía ahí guardado, y sabés que después se siente bien”, agrega.

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Cuando recuerda como empezó en esto, Luciano confiesa que no había pensado en ser humorista, pero la vida lo fue llevando por ese camino. Es que el humor siempre había sido una buena estrategia para conectar con las personas; ya sea desde niño, con su rutina de cinco o seis chistes; o más de grande, con su grupo de amigos. Una noche, en un asado, le dijeron que tenía que hacer algo con ese talento. Obra del destino o casualidad, a la salida de la reunión pasó por un bar abandonado que tenía un cartel viejo, pero en el que todavía se leía: “Monólogos de humor, aprenda a construir sus materiales y actuarlos”. Casi más por curiosidad que por otra cosa, marcó el número y habló con quien, al mes, sería oficialmente su profesor de stand up.

Al tiempo, Luciano ya estaba parado en un escenario, conformando el equipo de Stand Los Tres Up, acompañado por María Julia Poiré y Roberto Maroscia, quién lo había iniciado en el género. En ese camino se descubrió y confirmó la sospecha de sus amigos: tenía un don para hacer reír. Y entre otras cosas, entendió que el estado de ánimo es contagioso: “Yo no creo que nadie que vaya a ver stand up y, realmente forme parte y la pase bien, vuelva mal a la casa. Y eso es algo mutuo. Porque incluso al comediante, si le va bien esa noche, vuelve a su casa y es Di Caprio parado en la punta del Titanic” (risas).

Dos años después, Stand los tres Up comenzaba a disolverse y Luciano era invitado a participar de un evento aniversario que combinaba música y humor. Según recuerda, fue un fracaso rotundo: esa noche no hizo reír a nadie y aprendió que el rock y el humor no se mezclan. Pero fue en ese mismo evento que los productores Bariggi y Requelme identificaron algo que les gustó de él y le propusieron hacer una fecha. Allí empezaría su recorrido con Chicos Lindos y comenzaría a conformar su yo artístico y su yo cómico; pero desde otra perspectiva.

Para este chico lindo, el humor es una manera especial de ver la vida y de cómo uno interpreta la realidad; sin embargo asegura que es una tarea complicada de lograr: “Constantemente consumimos más humor que drama, pero es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar”. Y en la misma línea, entiende al género como una ayuda para sublimar algunas cosas que no podría hacer de otra manera: “El stand up es una hermosa vía de canalización de energía”, sentencia.

Al consultarle por las mujeres que participan del género, Luciano explica que generalmente los humoristas son hombres: “Yo creo que ahí es donde hay un poco de patriarcado dando vuelta. Y hoy por hoy, por suerte, la cosa se está reformulando; se le da un espacio a la mujer y se la pone en un espacio estéril para el patriarcado. Me parece fabuloso que haya comediantes que empiezan a hablar de otros temas porque, obviamente, hay tantas miradas humorísticas como personas estén mirando. Y que todas estas mujeres se empiecen a animar a generar una marca diferente, me parece re sano”. 

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El sábado 3 de marzo, a las 21.30 horas, Chicos Lindos se presentará en Sala 420 (calle 42 entre 6 y 7) con una nueva apuesta que vienen trabajando desde el año pasado. De cara a su próximo show, Luciano cuenta que hay un escalón que debe subir el público para meterse adentro del mismo: Si lográs que todo el público se meta, es raro que la noche falle. La clave está en que formen parte. Reírse de algo también implica romper un pudor. No todo el mundo se quiere reír abiertamente. En cambio, si vos entraste en el juego y se produce un buen calentamiento donde todos entran en cierta confianza, ahí empieza el show”, asegura el humorista.

Con nuevos monólogos y cautivando al público con sus irradiantes propuestas intelectuales, estos cuatro Chicos Lindos vuelven al ruedo en este 2018 con un espectáculo de humor del que nadie saldrá ileso.

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Chicos Lindos en Sala 420

Ecoanuncio: un emprendimiento que crece y se propone traspasar la frontera platense

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Ezequiel Vergagni, emprendedor

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

Con la moción de desafiar las formas de comunicación y publicidad tradicionales, a comienzos del año 2015, Ezequiel Vergagni decidió abandonar un trabajo en relación de dependencia para dedicarse de lleno a  su emprendimiento; un proyecto que había iniciado en el 2014 de la mano de Manuel Cruz, un compañero al que conoció durante su carrera en la Facultad de Ciencias Económicas. Fue así que, importando la idea desde España, Ecoanuncio se instalaba en el mercado platense como una empresa que brindaba innovación en el soporte publicitario, y que lograba conectar bajo costo, responsabilidad social empresaria y efectividad en el impacto al consumidor.

Durante el proceso de desarrollo, Manuel, que tenía una fuerte inclinación hacia lo académico, decidió viajar al extranjero para realizar una maestría. Este hecho no amedrentó la pasión que Ezequiel tenía para con su proyecto. Muy por el contrario, en 2015 realizó un seminario de emprendedores y, al año siguiente, ingresó a trabajar en la Usina de Ideas; lo que le posibilitó desarrollar tareas como mentor y docente en la Universidad de Guillermo Brown, dictando una Diplomatura de Emprendedurismo de Saneamiento Ambiental. “Empecé a investigar sobre el tema y a meterme en todo lo que son emprendimientos de triple impacto, es decir, que tenga efecto a nivel social, económico y ambiental: que sea sostenible en el tiempo, beneficioso para el ambiente, y que favorezca a la reducción de la huella de dióxido de carbono”, cuenta.

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Cuando aún no se tenía una conciencia responsable acerca del uso de bolsas, Ecoanuncio ya empezaba a reemplazar tanto las de nylon como la folletería. “Una empresa, hace entre 10.000 y 40.000 folletos; y el 70% de ellos termina en el suelo. Entonces no solo pierde dinero sino que, además, contamina el ambiente y no llega a su objetivo”, explica Ezequiel. Sin embargo, hoy habiendo pasado tan solo 4 años de ese inicio, el joven emprendedor asegura que el reciclaje es un tema que está empezando a incorporarse en las escuelas y que los más chicos tienen una mayor consciencia. “Se les habla de ecología desde el jardín, entonces en los niños hay educación al respecto. En cambio, a los grandes les falta. Tiene que haber una política de estado fuerte en torno a lo ambiental. Estamos a mil años todavía, pero es cuestión de arrancar”, sentencia.

IMG_9675eEn la actualidad, Ecoanuncio tiene una repartición de 40.000 ejemplares por trimestre. En esta línea, el joven emprendedor expresa: “Nosotros no vendemos la bolsa, sino que vendemos el espacio publicitario en la bolsa que luego se repartirá en diversas panaderías. Es decir, vendemos un posicionamiento de la marca, una exposición frente a un potencial consumidor. Puede ser que, de entrada, la persona no lo perciba, pero el subconsciente sí”. Y añade que, a diferencia de otros medios publicitarios, Ecoanuncio brinda exclusividad en el rubro; si así lo desea una empresa, puede ser la única auspiciante en una bolsa.

Lo cierto es que, Ecoanuncio fue creciendo a fuerza de trabajo y dedicación; porque como expresa Ezequiel, es una pasión: “El emprendimiento de uno es como un hijo. Lo ves nacer, le tenés que enseñar a caminar, tratar de que no se caiga, alimentarlo día a día y hacerlo más fuerte”. 

Y es que, en el camino, hubo desafíos y desaciertos. Desafíos como conseguir esos primeros auspiciantes, con una tarea compleja: explicar de qué se trataba el proyecto, sin contar con material físico para mostrarlo. Y desaciertos como cuando salió la primera bolsa en agosto de 2014, que contaba con ocho auspiciantes y, si bien eran alrededor de 60.000 ejemplares, cubría un espectro demasiado grande: desde Villa Elisa hasta la Avenida 72. “Me acuerdo que en esa primera bolsa cubrimos un tercio del costo. Fuimos a pérdida total, pero le encontramos la vuelta y lo empezamos a hacer por barrios para abarcar mejor la demanda”, señala.

En lo que refiere al momento ideal para abandonar la seguridad que brinda un trabajo en relación de dependencia, para dedicarse de lleno a un proyecto personal, Ezequiel contó su experiencia explicando que vale la pena arriesgarse, pero que hay que hacerlo con cuidado y dependiendo mucho del estadio en el que se encuentre el proyecto; si genera ingresos suficientes a nuestras necesidades. Y adentró: “Hay que estar muy seguro porque puede fallar. De hecho, en nuestro país, 9 de cada 10 emprendimientos fallan”. Entre los motivos del fracaso señaló tres ejes fundamentales: no elegir socios complementarios, no conocer en detalle el mercado en el que pretende adentrarse y que el trabajo no sea sostenible en términos económicos.

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Hoy, Ezequiel trabaja en un coworking en el casco urbano y tiene las bolsas separadas por zonas: La Plata, City Bell y Los Hornos; a lo que espera incorporar próximamente Berisso y Ensenada. Su clientela es sumamente variada: fiambrerías, queserías, cervecerías, veterinarias y concesionarias, son solo algunos de los rubros que publicita. Además, sumó la fabricación de bolsas de friselina exclusivamente para entidades e instituciones.

Claro está que, para él ser emprendedor significa estar en constante movimiento. Y en la empresa de tratar con clientes, es necesario contar con una formación permanente. Por eso, en la actualidad, sigue capacitándose con el objetivo de mejorar los costos, las alianzas y estrategias y, sobre todo, para expandirse; ya que también prevé abrir una franquicia para llevarlo a otras ciudades de las cuáles ha recibido la demanda del producto.

Como si esto fuera poco, Ecoanuncio también tiene su costado social y trabaja por la inclusión. El año pasado, comenzó a funcionar a modo de nexo entre comedores y panificadoras para que, aquellos comercios que reciben la bolsa, que se da de manera gratuita, donen alimentos a alguno de estos espacios. En la actualidad son cinco los comedores que reciben el beneficio, pero esperan alcanzar los 20.

“El swing es el reggaeton de la década del ’20 y del ’30”

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Roberto Etcheverry y Flor Ortiz, directores de Swing Out Studio

Por Daniela Llordella y Sabrina Sistro

Año 1927. Desde los adentros de la comunidad afroamericana del barrio neoyorkino de Harlem, y durante una maratón de ritmos en el Savoy Ballroom, nace un nuevo baile en pareja, enérgico y dinámico: el lindy hop. Hijo del charleston, el jazz y otros estilos secundarios, tiene su auge en los años ’30, como uno de los ritmos más aclamados por los jóvenes estadounidenses.

De ahí, su origen. Y así es como trascendió las fronteras y llegó a la Argentina para conquistar a una psicóloga y a un trabajador gráfico que, casi 100 años después, mantienen vivo su espíritu. Es que cuando escuchan los ocho tiempos sonar, Florencia “Flor” Ortiz y Roberto Etcheverry no pueden quedarse quietos.

Desde su lado más analítico, ella toma a la disciplina como ese proyecto común que los une, como una especie de hijo simbólico; pero lo cierto es que son muchas más las cosas que los vinculan. Y eso es algo que se percibe cuando bailan, cuando dan un show, cuando dictan una clase y, hasta cuando se miran para turnarse y conversar en la entrevista.

Según nos cuentan, el lindy hop es el nombre referente al baile del swing. En lo que respecta a su etimología, Lindy sería el diminutivo de Lindbergh, en honor al famoso vuelo de Charles Lindbergh a través del Océano Atlántico; y hop (salto, en Inglés), refiere al “salto” de una costa a otra del Océano. “Es un baile que, si bien nace de otras disciplinas, tiene una identidad y una idiosincrasia muy propias, porque es muy particular, para una música que nace en un momento muy específico, en épocas oscuras. En Europa estuvo prohibido porque decían que era un baile degenerado”, comenta Roberto. A lo que Flor agrega: “Imaginate que, en el revoleo, a las chicas se les veía la bombacha (risas)”.

 

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Sin embargo, además de su interesante historia, lo que definitivamente los cautivó frente a muchos otros estilos como el ballroom (baile de salón) y el bebop, un estilo más rápido pero individual; es que justamente se trata “de un baile respetuoso y divertido”, como asegura ella. “El swing es el reggaeton de la década del ’20 y del ’30. En ese momento fue ¡qué miércoles están haciendo estos pibes!, porque se perdía la cosa ceremonial que había en los ambientes de baile. Entonces, el swing venía a refrescar esos lugares con una cosa absolutamente nueva. En su momento, fue revolucionario”, sentencia Roberto.

Por desventura, en el 2000, el lindy hop desapareció de la ciudad de las diagonales, y el grupo de baile del cual formaban parte Flor y Roberto, se disolvió. Entonces, aquellos que habían quedado entusiasmados con la disciplina, debieron trasladarse a Capital Federal. Fue así que ambos llegaron a la escuela de Maxi Prado, un gran bailarín y profesor, a quien definen como su “sensei”.

Hasta entonces, a ninguno de los dos se les había cruzado por la cabeza dar clases, pero fueron tres los motivos que los animaron a tomar la decisión: en primer lugar, Maxi Prado les ofreció abrir una sede de su escuela en La Plata; en segundo lugar, las personas que los veían bailar les consultaban si dictaban clases; y, por último, tras una entrevista con Radio Universidad, la mamá de Flor hizo notar a su hija, cuánto quería a su ciudad. Esto no hizo menos que resonar en su cabeza e instantáneamente, pensó: ‘¿por qué La Plata no tiene swing?’

Y si bien ella asegura que la posición docente nunca fue una cosa que la sedujo demasiado, porque su temperamento es más bien acelerado y le gusta el show, se empezó a hallar en el tema cuando sintió esa satisfacción que da ver que, de repente, una persona hacer un paso que vos le enseñaste. En este sentido, explica que “no es mostrarte vos, sino lograr que el otro lo haga riéndose y divirtiéndose”.

 

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Así, de la mano de esta pareja, nació Swing Out Studio y fue creciendo al compás de sus ganas y de su empuje: con un cuerpo de baile que, más que alumnos, son familia; con shows y proyectos a largo plazo y con ganas de seguir sumando adeptos. Porque como recalca Flor: “No es solo que aprendan a bailar, sino que se generen espacios de baile social, eventos con las bandas, con los alumnos, que entre ellos haya intercambios, pero además, el hecho de lookearse. Es como una tribu urbana”. Y en la misma línea explica: “La gente está muy desconectada, con los productos posmodernos, las redes y aparatos como el celular. Entonces ves cierto júbilo del encuentro de bailar por bailar, y eso es mágico. Te vas a reír con el otro”. Y ambos coinciden, en que cuando se arman los grandes eventos de baile en Capital Federal, toda la ceremonia construida a través de los looks y de las actitudes hacen que uno llegue a perder la noción del año en el que vive. Así sucede en la la Frankie BA, la fiesta internacional del swing en Buenos Aires , realizada cada año en el teatro Margarita Xirgu y en todas las ciudades del mundo durante esa la misma semana, en conmemoración al natalicio de Frankie Manning, bailarín, instructor y coreógrafo estadounidense. 

Con sede principal en Buenos Aires y con otras dos filiales en Mar del Plata y Bahía Blanca, Swing Out Studio recibe alumnos de entre 15 y 60 años, aproximadamente. Allí, se puede ir a bailar sin conocimientos previos. El único requisito que prima es la perseverancia. “Tenemos alumnos de todas las edades. Martín, por ejemplo, empezó hace un año. Ahora tiene 15 y es nuestra estrella porque lo ven bailar y la gente se queda asombrada. También hay personas más grandes. Pero lo común a todos es que van cambiando su aspecto, se empiezan a vestir de otra forma, pasan cosas increíbles”, agrega Flor, que junto a Roberto permanecen atentos a los pedidos de sus alumnos y, a través de un gran trabajo de coordinación, también gestionan clases de otros ritmos, adecuándose a sus gustos y necesidades. 

Como agregado a sus clases, el cuerpo de baile de Swing Out Studio, se acerca todos los domingos a la Estación Provincial para contagiar la magia de este baile estadounidense de la década del ’30, “una danza afroamericana que nació en un contexto de pobreza y angustia por la crisis económica, producto de la caída de la bolsa de Wall Street”, argumenta Roberto. En estos encuentros, los profesores brindan una clase ‘exprés’ para que, aquel que se acerque a mirar y le guste, pueda moverse también al ritmo del swing. Cabe destacar que estas clases abiertas y gratuitas se retomarán a partir del mes próximo.

Pero por lo pronto, para aquellos ansiosos, el próximo 25 de febrero el Swing Out Studio celebrará su primer año de vida en la Plaza Islas Malvinas a las 18.30 hs, con una clase de baile abierta y gratuita para todos los niveles, acompañados por todo el ritmo y la música del cuarteto de swing, Félix Candelo.

 

 

Ciudad cultural por excelencia, La Plata ofrece un escenario tentador para la práctica y la enseñanza del lindy hop. “El platense tiene una cosa que nos encanta: está muy acostumbrado a bailar tango porque hace mucho que hay movida en la ciudad, pero también está el salsero. Es una ciudad muy cultural. Entonces el baile está muy arraigado en todas las esferas sociales; desde los que les gusta el reggaeton hasta los que les gusta el tango. Cuando vienen y descubren el swing, se divierten mucho bailando, porque es muy descontracturado”, señala Roberto. Y agrega: “las reglas del swing es que no tiene reglas”; lo que importa es moverse y bailar. En este sentido, se configura como un campo social y lúdico, que propicia encuentros dentro y fuera de las clases, y en donde se reafirma una característica propia de la idiosincrasia platense: su alma de pueblo.  

“La Plata es más del palo del rock y nos venían pidiendo más ese estilo, así que ahora vamos a hacer un taller de rock and roll que fue hiper festejado. Va a ser en marzo y lo va a dictar Andrés Pascual”, comenta Flor.

Además, actualmente la pareja se encuentra preparando y coordinando el ‘I Charleston La Plata’, un evento que ya se realizó en Rosario, pero que no tiene precedentes en la ciudad y que posicionará a la misma como parte de una tradición internacional en la cual se baila charleston en diferentes sitios icónicos de cada urbe alrededor del mundo. Será un trabajo desarrollado a lo largo del 2018 en diferentes fechas y lugares a designar. Su planificación, aprendizaje y práctica estarán dadas los domingos en la Estación Provincial.

Así es que Swing Out Studio nos ofrece una amplia gama de posibilidades dentro del lindy hop, pero también del charleston y el authentic jazz, que se manifiestan en un escenario, en una coreografía, en un show con bandas, en eventos sociales o hasta en encuentros fuera de su agenda. Y sin dudas, hoy conserva un lugar de preferencia en la escena platense, por lo novedoso de sus disciplinas, y por supuesto, por la gran labor de Flor y Roberto que lo conducen con tanto entusiasmo, empatía y profesionalismo.   

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“Vestirse a diario es una construcción creativa”

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Mariana Trevino, creadora de Indira DelaIndia

Por Daniela Llordella y Sabrina Sistro

Mariana Trebino es una emprendedora nata. Si bien tuvo sus trabajos en relación de dependencia, siempre, de manera inconsciente, supo dos cosas: que su vida estaría ligada a la indumentaria femenina y que lo haría de forma independiente.

Cuando le preguntamos por sus inicios, aseguró que, si bien no se había imaginado diseñadora, de niña siempre le puso un mayor énfasis a la vestimenta de sus dibujos. Es que ella tenía una clara fijación: modificar aquello básico para que dejara de serlo.

Así, comenzó un camino de emprendedurismo: primero, con la elaboración de pulseritas tejidas al crochet; luego con carteras tejidas con la misma técnica; y finalmente, haciendo tortas… Siempre de una u otra manera, ella se las ingeniaba para vivir haciendo un trabajo manual y autodidacta.

En 2009 le dio un giro rotundo a su vida: renunció a la zona de confort que le brindaba un trabajo en relación de dependencia para jugársela por un sueño. Con mucha valentía, apagó las voces ajenas y decidió escucharse a sí misma para darle vida a Indira Delaindia, su propia marca de ropa para mujeres comunes y audaces, que quieren sentirse cómodas y frescas. Desde ese día, su proyecto se convirtió no sólo en su fuente de trabajo, sino también, en un centro y un refugio para la vida misma. 

Feliz con su presente, y asumiendo el desafío constante de autogestionarse, Mariana se sentó a charlar con AgendArte y nos demostró una vez más que, vivir de lo que uno ama, es un lujo que todos nos podemos dar si nos lo proponemos y confiamos.

¿Qué es Indira Delaindia y cómo surge?

La marca se llama Indira Delaindia porque son mis orígenes, en donde empecé. Trabajo desde que tengo 16 años, siempre vinculada a la indumentaria femenina. En el último local en el que estuve, Juana Huapa, vendía ropa de India, y siempre me gustó muchísimo ese estilo. Un día, allá por el 2009, me decidí, renuncié e invertí el último sueldo que tenía en armar mi propio emprendimiento.

Empecé con las telas de la India porque la inspiración siempre estuvo ahí. Me gustan sus textiles y sus colores… 

¿Cuál es el mayor desafío al que te enfrentaste cuando decidiste lanzar tu proyecto?

El miedo. Tenía pánico y lo sigo teniendo. El miedo de no vender, de no saber por qué camino seguir, de no saber qué cantidad fabricar, o de no saber si iba a poder hacer lo que me gustaba, porque en realidad es como un lujo poder dedicarse y vivir de lo que uno ama. Y esto es un desafío constante. 

¿Y cómo fue ese comienzo en la confección? 

Siempre me gustó observar las terminaciones de la ropa, ver cómo estaba del lado de adentro y esas cosas. Y, además, me ayudó una amiga de mi mamá.

Después hice algunos cursos de moldería y me compré todas las revistas que existían de confección y de moldes. También hice un taller de moldería y confección que duró dos años. Y ahora estoy estudiando en el Instituto Nº 136 de Ensenada, la Tecnicatura en Producción de Indumentaria. Yo digo que estoy haciendo todo al revés (risas).

O sea, que te perfeccionaste con el correr del tiempo, pero esos comienzos fueron como autodidacta…

Siempre digo que lo hice a los “ponchazos”, porque cuando empecé a comprar y vender ropa de India, también compraba algunos pañuelos que me gustaban y utilizaba esas telas para hacer algunas blusitas. Ahí fue que me compré la máquina de coser… todo a reinversión.  

De hecho, empecé por lo más difícil, porque la primera prenda que confeccioné fue un blazer (risas). Mi mamá me decía ‘no vas a poder coser un blazer; es lo más difícil que hay’. A mí no me importaba, yo tenía la tela ahí. Incluso, lo cosí con una Singer de las viejas, a pedal. (Risas)

¿Y cómo se fueron sucediendo las cosas?

Lo primero fue hacerme un perfil en Facebook. Mis amigas me ayudaron muchísimo, porque yo vivía en City Bell, entonces ellas me prestaban sus departamentos para hacer showrooms y para atender a clientas.

Además, hasta hace dos años, fui religiosamente todos los domingos a la Feria de Pedro Telmo, y eso estuvo buenísimo, porque no solo te hacés conocer, sino que es estimulante saber de otras personas que te dan pilas y manija, que son emprendedoras como vos. La verdad es que de ahí, me llevé personas para siempre.

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¿Y cómo fue el hecho de tener que empezar y conseguir las telas?

Investigué un montón y me metí por todas las páginas de Internet hasta que di con un diseñador que viajaba a la India y que hacía sus propias confecciones a partir de lo que traía. Así que, cuando empecé a fabricar, él me vendía algunas telas también, pero llegó un momento en que vendía mejor lo que yo hacía que lo que él traía de India, así que me largué a hacer mi propia colección.

¿Actualmente te presentás en alguna feria?

No, hace algunos años decidí dejar de ir a las ferias porque con mis clientas tengo un trato mucho más personalizado, en general atiendo de a una y con cita previa, ya que tengo una habitación en casa que está destinada a ser showroom, taller, guardador de telas… que es todo (risas). Entonces, cierro la puerta y las dejo con los percheros para que se prueben tranquilas. La idea es relajar un poco esa situación de: “uy tardó mucho”, “uy, se fue al baño con las prendas”, “uy, se llevó seis”…

El showroom es en 18 y 35 y la cita se coordina a través de las redes sociales o al WhatsApp 2214084367.  

¿Por qué esa decisión? ¿Es una observación que hiciste como clienta y vendedora?

Las mujeres siempre nos hacemos cuestionamientos a nosotras mismas. Siempre hay algo que nos da incomodidad, o que nos frustra a la hora de buscar ropa. Todas nos criticamos de alguna u otra manera, siempre vemos algo que nos falta o que nos sobra. Entonces, siempre busqué hacer prendas cómodas y frescas para que, de algún modo, esas cosas queden saldadas. 

25354120_1768489103182820_7122318365561604555_n¿Y qué es para vos Indira Delaindia?

Es mi centro, es a donde voy cuando no sé para donde disparar, es donde me focalizo. De hecho, tengo un mantra que dice ‘cuando no sepas qué hacer, producí’. Y es que yo me siento bien cuando trabajo; pero no trabajar en el sentido de vender, sino de dibujar, de crear, de hacer moldería… Si hay algo que me fascina, es pensar que una cosa que es plana como una tela y que no tiene forma de nada, puede llegar a convertirse en algo que te acompañe todos los días y que se amolde a vos, a tu cuerpo, a tus momentos.

Según contás en tu página, en el camino te encontraste con muchos comentarios desafortunados de gente que te decía ‘vos no vas a poder’ o ‘estás loca’, ¿cómo es convivir con eso, acallarlo y seguir adelante?

Esos comentarios siempre estuvieron y el pánico, también. Por suerte, siempre tuve a mi pareja que me apoyó mucho y me dijo ‘dale, que vos podés’. Pasaron muchos años hasta que pude decirme a mí misma que yo podía. Pero, aunque por momentos dudé, siempre seguí para adelante.

Mientras tanto, a nivel personal me pasaron muchas cosas duras, sufrí mucho e Indira siempre fue mi centro y me ayudó a explorarme a mí misma, a conocerme. En relación a los comentarios, lo que terminé deduciendo es que los miedos eran ajenos, no propios. En realidad, era el miedo por mi inestabilidad, no porque creyeran que no lo iba a poder hacer. Y ese es un miedo que siempre tenés, sobre todo cuando invertís tan de lleno y decidís vivir de manera independiente. A veces temés por un caso hipotético de que suceda tal o cual cosa… pero, llegado el momento, lo resolvés. Incluso, a veces decís: fue mejor que se diera de esta manera.

¿Qué son las prendas para vos?

Vestirse a diario es una construcción creativa. Cada mujer combina las prendas de maneras distintas, a su modo y estilo. Esa versatilidad que se le puede dar para poder generar un estilo propio, me fascina: pensar que una misma prenda te pueda servir para ir de noche, de día, o para un evento más arreglada, sumándole accesorios. Hay infinitas combinaciones para hacer y ahí va la creatividad de cada una. Uno se manifiesta con las prendas, se expresa y dice cómo se siente. 

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¿Cuáles son tus proyectos?

Mi sueño es poder producir todos los talles porque me parece super injusto que no se consigan. En general, no me ha pasado de vivir esta situación porque hago modelos que son más amplios y otros más ceñidos. Entonces, si no es uno, es otro.

También me encantaría crecer más y estoy en proceso de armar una tienda online, pero es difícil porque todas las prendas que hago son distintas. En general, no repito mucho los estampados, no hago tan seriado y me gustaría mantener eso.

Y me encantaría hacer ropa para niños. De hecho, a mi hermana de 11 años le fascina mi ropa y es la privilegiada: le hago todo a medida (risas). Le encanta.

¿Cómo ves la moda en La Plata?

Hay una cierta tendencia y todos la quieren seguir porque es ir a lo seguro. Pero creo que la mujer platense logra definirse. Yo veo que es una mujer fuerte, que tiene identidad y que le gusta definirse y ocuparse de cómo está vestida, pero a la vez tiene mil actividades. Buscan ropa práctica porque necesitan estar arregladas y hacer todo a la vez.

A mis clientas las admiro mucho porque son mujeres muy versátiles: muchas son docentes, abogadas, contadoras; pero a la vez tienen su lado artístico porque cantan, pintan, hacen tela. Me gusta esto de ver ese contraste en la mujer, de que puede hacer de todo. Y yo tuve que definir el público de Indira porque en realidad descubrí cómo eran ellas.

¿Qué le dirías a una persona que quiere emprender su proyecto y no se anima?

Que apague las voces extras y que se escuche a sí misma. Porque si lo quiere hacer, si en verdad tiene ganas; va a tener que dejar todo y animarte en serio. Así que, si en verdad creen en ello, háganlo.

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“Quizás nosotros somos como el nuevo vintage”

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Alan San Román (voz, guitarra y composición) de Jack Flash and the Runaways

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

Lejos del espacio Indie que en los últimos años acaparó la ciudad de las diagonales, Jack Flash and the Runaways nos viene a traer una propuesta estilística diferente, con una fuerte apuesta en la recuperación del “sonido del rock de los ’90”.

Si bien es cierto que sus músicos poco vivieron de esta época, ya que nacieron dentro del primer lustro de esa década, ellos pueden reconocerse amantes del género. Con Alan San Román (voz, guitarra y composición) a la cabeza, Guido Prenol (guitarra), Facundo Fernández (batería), Juan Manuel Agiar (bajo) y Trinidad Dona (coros) se proponen hacer “una banda de rock más visceral que, de la mano de la distorsión, genere un clima bien arriba; un clima del que el espectador no pueda ser ajeno”.

Bajo la premisa de buscar un cambio en pos de volver a las raíces, es que se definen como una alegoría a lo que fue Patricio Rey y los Redondidos de Ricota para nuestra ciudad. Incluso comprenden a Jack Flash “como ese personaje único y distinto a la vez, como el Ziggy Stardust de David Bowie”, según detalla San Román.

Pero volvamos a las bases. Todo comenzó en noviembre de 2015, durante un asado que duró dos días y en el que se gestó el principio de la formación de una banda de amigos. Después de eso, muchísimas cosas pasaron y diferentes personas formaron parte del camino: “más que una banda era un colectivo de músicos. Había cuatro guitarristas y muchas bandas posibles”, señala el cantante y compositor. Recién de cara al lanzamiento de Hollywood Monsters, el primer volumen de la trilogía que compondrá La velocidad de los tiempos feroces, fue que se armó una formación estable.

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“Ciudad de Lagartos”, volumen II del disco “La velocidad de los tiempos feroces”

Sin embargo, algunos cambios en este grupo, describieron una nueva etapa con la cual encararon Ciudad de Lagartos, la segunda entrega, en la que decidieron plasmar diversas escenas que reflejan la dualidad de nuestra ciudad: el día y la noche. Una nueva búsqueda en el sonido, la suma de una voz femenina en coros, la preeminencia de los bajos y el fuerte trabajo puesto en una batería más compleja, son detalles que caracterizan a este segundo disco y lo diferencian de su anterior.

Hoy, ya consolidados como grupo, conscientes de un pensamiento más global en donde a cada uno le cuadra su momento de aparición, ansían salir a tocar los dos EP que tienen en su haber, antes de lanzar el tercero, que prevén guardar para fines de este año o principios de próximo. En este sentido, Alan aclara: “si bien ya está bastante encaminado, seguimos trabajando en la búsqueda de la canción indicada, del golpe indicado; porque nos queremos transformar en estilistas para dar el golpe en donde tiene que darse”.

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Guido Prenol, Juan Manuel Agiar, Alan San Román y Facundo Fernández. Ph: Jen Stellet

Consultado por la decisión de hacer un disco en tres entregas, San Román expresó: “Es algo que responde a lo que es la gente hoy en día. El mundo está tan acelerado que muy pocos pueden darse el lujo de escuchar un disco de 40 minutos o una hora. Las personas buscan la inmediatez, entonces nosotros le brindamos eso con discos más cortos, pero con lo que nosotros queremos mostrarle y con un mensaje muy puntual”.

Como “toque” agregado, se ven los idas y vueltas entre el español y el inglés, argumentado por el cantante con la forma de concebir el género. “El rock no nació como algo latino. El idioma del rock es el inglés. Nosotros nos lo apropiamos en latinoamérica y le dimos nuestro condimento. Pero la idea es que esto quede manifiesto”, expresa.

De la misma manera que las raíces latinoamericanas le dieron su condimento al rock, las diversas personalidades y temperamentos que componen esta formación le dan su tinte al grupo para que la banda sea lo que es hoy. Al respecto, San Román asegura que él es el más visceral, y respecto a sus compañeros señala: “Guido es un guitarrista muy particular, es un tipo muy preparado que ve y piensa las cosas siempre desde otro punto. Es como un boxeador que pega justo donde tiene que pegar. Juan es un gran bajista, es como un defensor que espera su momento y cuando aparece, te deja con la cabeza estallada. Facundo es la fuerza. Y Trinidad es la calma entre tanta tormenta, porque en el disco todos venimos metidos en un clima de frenesí y ella es quien aparece y trae la calma para volver a retomar con una patada en la cara” (risas).

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Al consultarle por la escena platense, San Román afirmó: “se ha aggiornado mucho al indie esta ciudad y hay muchos centros culturales o lugares para tocar que son chicos, por ende, no están tan amoldados para una banda de rock como era antes. Obviamente, de a poco, está empezando a volver a aparecer eso. Todo va mutando y lo que antes era viejo, hoy nuevo será. Quizás nosotros somos como el nuevo vintage”.

En la actualidad, los integrantes de Jack Flash and the Runaways esperan expectantes el llamado para subirse al escenario de Rey Lagarto. Allí, además, tienen un propósito concreto: concursar en “La Plata Suena” por la grabación del próximo disco. Mientras tanto, disfrutan la alegría de haber sido elegidos por la Web Comunidad de Bandas como “EP imperdible”.“Tuve mucho tiempo de sentirlo, pero poco de pensarlo. La verdad es que es algo impensado y super gratificante que alguien reconozca nuestro trabajo; y sobretodo tratándose de una página que toma bandas extranjeras”, explica San Román.

Por el momento, Jack Flash and the Runaways parece habernos presentado un film con final abierto, pero promete cerrarlo con su tercer volumen, un trabajo que, según aseguran, será un golpe certero que nos seducirá y guiará hacia la historia completa.

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