Ecoanuncio: un emprendimiento que crece y se propone traspasar la frontera platense

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Ezequiel Vergagni, emprendedor

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

Con la moción de desafiar las formas de comunicación y publicidad tradicionales, a comienzos del año 2015, Ezequiel Vergagni decidió abandonar un trabajo en relación de dependencia para dedicarse de lleno a  su emprendimiento; un proyecto que había iniciado en el 2014 de la mano de Manuel Cruz, un compañero al que conoció durante su carrera en la Facultad de Ciencias Económicas. Fue así que, importando la idea desde España, Ecoanuncio se instalaba en el mercado platense como una empresa que brindaba innovación en el soporte publicitario, y que lograba conectar bajo costo, responsabilidad social empresaria y efectividad en el impacto al consumidor.

Durante el proceso de desarrollo, Manuel, que tenía una fuerte inclinación hacia lo académico, decidió viajar al extranjero para realizar una maestría. Este hecho no amedrentó la pasión que Ezequiel tenía para con su proyecto. Muy por el contrario, en 2015 realizó un seminario de emprendedores y, al año siguiente, ingresó a trabajar en la Usina de Ideas; lo que le posibilitó desarrollar tareas como mentor y docente en la Universidad de Guillermo Brown, dictando una Diplomatura de Emprendedurismo de Saneamiento Ambiental. “Empecé a investigar sobre el tema y a meterme en todo lo que son emprendimientos de triple impacto, es decir, que tenga efecto a nivel social, económico y ambiental: que sea sostenible en el tiempo, beneficioso para el ambiente, y que favorezca a la reducción de la huella de dióxido de carbono”, cuenta.

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Cuando aún no se tenía una conciencia responsable acerca del uso de bolsas, Ecoanuncio ya empezaba a reemplazar tanto las de nylon como la folletería. “Una empresa, hace entre 10.000 y 40.000 folletos; y el 70% de ellos termina en el suelo. Entonces no solo pierde dinero sino que, además, contamina el ambiente y no llega a su objetivo”, explica Ezequiel. Sin embargo, hoy habiendo pasado tan solo 4 años de ese inicio, el joven emprendedor asegura que el reciclaje es un tema que está empezando a incorporarse en las escuelas y que los más chicos tienen una mayor consciencia. “Se les habla de ecología desde el jardín, entonces en los niños hay educación al respecto. En cambio, a los grandes les falta. Tiene que haber una política de estado fuerte en torno a lo ambiental. Estamos a mil años todavía, pero es cuestión de arrancar”, sentencia.

IMG_9675eEn la actualidad, Ecoanuncio tiene una repartición de 40.000 ejemplares por trimestre. En esta línea, el joven emprendedor expresa: “Nosotros no vendemos la bolsa, sino que vendemos el espacio publicitario en la bolsa que luego se repartirá en diversas panaderías. Es decir, vendemos un posicionamiento de la marca, una exposición frente a un potencial consumidor. Puede ser que, de entrada, la persona no lo perciba, pero el subconsciente sí”. Y añade que, a diferencia de otros medios publicitarios, Ecoanuncio brinda exclusividad en el rubro; si así lo desea una empresa, puede ser la única auspiciante en una bolsa.

Lo cierto es que, Ecoanuncio fue creciendo a fuerza de trabajo y dedicación; porque como expresa Ezequiel, es una pasión: “El emprendimiento de uno es como un hijo. Lo ves nacer, le tenés que enseñar a caminar, tratar de que no se caiga, alimentarlo día a día y hacerlo más fuerte”. 

Y es que, en el camino, hubo desafíos y desaciertos. Desafíos como conseguir esos primeros auspiciantes, con una tarea compleja: explicar de qué se trataba el proyecto, sin contar con material físico para mostrarlo. Y desaciertos como cuando salió la primera bolsa en agosto de 2014, que contaba con ocho auspiciantes y, si bien eran alrededor de 60.000 ejemplares, cubría un espectro demasiado grande: desde Villa Elisa hasta la Avenida 72. “Me acuerdo que en esa primera bolsa cubrimos un tercio del costo. Fuimos a pérdida total, pero le encontramos la vuelta y lo empezamos a hacer por barrios para abarcar mejor la demanda”, señala.

En lo que refiere al momento ideal para abandonar la seguridad que brinda un trabajo en relación de dependencia, para dedicarse de lleno a un proyecto personal, Ezequiel contó su experiencia explicando que vale la pena arriesgarse, pero que hay que hacerlo con cuidado y dependiendo mucho del estadio en el que se encuentre el proyecto; si genera ingresos suficientes a nuestras necesidades. Y adentró: “Hay que estar muy seguro porque puede fallar. De hecho, en nuestro país, 9 de cada 10 emprendimientos fallan”. Entre los motivos del fracaso señaló tres ejes fundamentales: no elegir socios complementarios, no conocer en detalle el mercado en el que pretende adentrarse y que el trabajo no sea sostenible en términos económicos.

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Hoy, Ezequiel trabaja en un coworking en el casco urbano y tiene las bolsas separadas por zonas: La Plata, City Bell y Los Hornos; a lo que espera incorporar próximamente Berisso y Ensenada. Su clientela es sumamente variada: fiambrerías, queserías, cervecerías, veterinarias y concesionarias, son solo algunos de los rubros que publicita. Además, sumó la fabricación de bolsas de friselina exclusivamente para entidades e instituciones.

Claro está que, para él ser emprendedor significa estar en constante movimiento. Y en la empresa de tratar con clientes, es necesario contar con una formación permanente. Por eso, en la actualidad, sigue capacitándose con el objetivo de mejorar los costos, las alianzas y estrategias y, sobre todo, para expandirse; ya que también prevé abrir una franquicia para llevarlo a otras ciudades de las cuáles ha recibido la demanda del producto.

Como si esto fuera poco, Ecoanuncio también tiene su costado social y trabaja por la inclusión. El año pasado, comenzó a funcionar a modo de nexo entre comedores y panificadoras para que, aquellos comercios que reciben la bolsa, que se da de manera gratuita, donen alimentos a alguno de estos espacios. En la actualidad son cinco los comedores que reciben el beneficio, pero esperan alcanzar los 20.

“El Acid Jazz es un género abarcativo que te permite hacer muchas cosas desprejuiciadamente”

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

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Sebastián Fernández

Nacido en el seno de una familia atravesada por la música, a Sebastián Fernández el piano lo marcó de por vida. Sin embargo, algo lo llevó a diferenciarse de sus dos antecesoras y sus gustos por las obras académicas… Tal vez haya sido la influencia de su época, de la ciudad, o vaya a saber de qué cosa. Lo cierto es que él fue seducido por el rock, el jazz y la música negra.

A los 15 años comenzó a hacer sus primeros trabajos como músico, y si bien eran esporádicos, le permitieron crecer a pasos agigantados, rodeado de personas más experimentadas y con una actitud profesional frente al arte. A los 20 se marchó a Capital Federal para trabajar y vivir de su pasión y lo logró, hasta que decidió tomarse un recreo de la escena musical y regresar a la ciudad que lo vio crecer desde sus comienzos.

Este año, la nostalgia de revivir esos tiempos le devolvió las ganas de volver al ruedo, y sin más, armó un proyecto resignificando composiciones pasadas. Su libertad para hacer música y el género Acid Jazz parecían ser la ecuación perfecta para lanzar su regreso. Y efectivamente lo fue porque, de la mano de Diamante, su banda, este sábado 2 de diciembre llegará al escenario de Lord Pub City Bell (Diagonal 3 Nº 247), acompañado por Rubén Laurito (batería), Andy Castellucci (bajo eléctrico), David Uribarri (guitarra eléctrica).

Desde Agendarte tuvimos el placer de conversar con Sebastián Fernández (teclado y voz) acerca de la música en el escenario platense, la concepción del Acid Jazz y esta nueva formación que promete hacer de este sábado, una verdadera una fiesta.

¿Por qué Diamante?

Hace varios años tenía otra banda, llamada Diamante cretino, donde hacía mis temas de rock y funk. Así que retomé parte del nombre, pero le saqué el segundo porque ahora estoy más Diamante, que Diamante Cretino (risas).

El cretinismo es falta de desarrollo; algo que está creciendo pero que todavía no está pulido. Y tampoco es que ahora lo esté, sino que me gusta más la idea de la palabra ‘diamante’ sola.

Siempre es ingrato explicar este tipo de cosas, porque tiene una parte de misterio que está bueno mantener. Pero a grandes rasgos, tiene que ver con el brillo, con lo valioso, en cuanto a lo que tarda la naturaleza en generar un diamante, que es algo tan maravilloso.

¿Y eso tiene que ver con la concepción que hoy tenés de la música?

Creo que sí. La música requiere de mucho trabajo y tiene que ver con un desarrollo que, como en cualquier género del arte, no es lineal. Porque no es que vos estudiás, te recibís y ya sos músico. Puede ser en los papeles, pero la verdad es que eso te lo da la experiencia y el trabajo con uno mismo.

¿Cómo fue tu formación?

En mi casa había un piano, porque mi abuela materna era profesora y llegó a ser la directora de un Conservatorio de Berisso. De hecho, mis abuelos se conocieron por la música, porque ella era pianista y él bandoneonista, y en esa época tocaban para los vecinos del barrio. Entonces la música siempre estuvo. Cuando era chico, yo me ponía a jugar con el piano y mi abuela, amorosamente, me decía: “Sebastián, tocá más despacito”, y me explicaba cómo se hacía.

Mi mamá también tocaba obras clásicas en el piano. La primera vez que la escuché tocar fue en una cena en casa y me quedó un recuerdo muy fijo y claro porque me fascinó. Y ahí intuí un camino.

Después seguí tocando solo, hasta que empezaron a salir cosas más coherentes. En esa época, no había Internet, ni data de ningún tipo, así que fui aprendiendo por intuición y estuvo buenísimo. Y así seguí hasta que un día el profesor de música del colegio citó a mis padres y les dijo que tenía condiciones. Entonces, comencé a estudiar con una profesora particular, una pianista clásica llamada Mara Smith. Ella me formó y me preparó para entrar al Conservatorio Gilardo Gilardi. Ingresé y estuve tres años, pero no era la música clásica lo que a mí me interesaba. Yo escuchaba jazz, rock, me gustaba la música negra…

Un día, Quique Roca fue a tocar con su banda, Clase Única, al Colegio Nacional, donde yo estaba estudiando, y me voló la peluca. Así que lo encaré, le pregunté si daba clases y empecé con él. Eso me ayudó a organizar lo que yo había aprendido intuitivamente: la armonía, melodía, improvisación. Además, me pasó algunos discos para que escuchara, por lo que no solo me formó, sino que me hizo entender muchas otras cosas y terminó de romperme la cabeza.

¿Cuándo empezás a trabajar de músico?

Desde muy chico, a los 14, 15 años. Eran trabajos esporádicos pero profesionales, en el sentido de que tenía que rendir. Y eso lo sufrí bastante, porque era chico y era mucha responsabilidad, pero a la vez me formó maravillosamente y aprendí muchísimo. Incluso, terminé formando parte de grupos de gente más grande, más experimentada y con una actitud profesional hacia la música, como Taxi Funk.

Y así estuve hasta que, a los 20, decidí irme a probar suerte a capital porque, como dice el dicho: “Dios está en todas partes, pero atiende en Capital”, y yo quería vivir de la música. Un delirio, pero lo logré; obviamente, lejos de enriquecerme, pero pude vivir de la música.

¿Y cómo fue esa experiencia en Buenos Aires?

Aprendí muchísimo porque, en algún sentido, es otro mundo. Hay más gente, más oportunidades, más lugares, más músicos. Por lo menos en la época donde yo estuve, te pagaban para tocar. Había un circuito. Y así hice de todo, porque para vivir de músico tenés que hacerlo; o al menos esa es mi experiencia.

Me armé un pequeño estudio y grababa cosas para cantantes. Tocaba jazz, bossanova, boleros, tango, rock nacional… Laburé mucho sólo, tocando el piano con batería electrónica, y era mi propio sonidista. Fue una experiencia maravillosa de formación. Así conocí a mi mujer, mediante una amiga en común que nos contactó porque ella estaba buscando pianista, y con ella trabajamos 11 años tocando en un montón de lugares. Y paralelamente, siempre me hice mis bandas con mis temas. Hasta que hace, más o menos 7 años, empecé a sentir una falta de ganas de tocar.

¿Qué pasó?

Me saturé. No de la música en sí, porque jamás podría hacerlo, sino del trabajo de músico.

En realidad, esas cosas tienen que ver con procesos que se van generando bajo tierra en uno. Yo puedo tratar de buscarle una explicación, pero la verdad es que son procesos que se van dando y que uno, a veces, no maneja. Entonces decidí respetármelo y dejé de tocar.

Paralelamente a esto, soy profesor de yoga, así que daba clases. Y en esa misma época me vine a vivir a Gonnet. Así que, entiendo, que habrá tenido que ver con una etapa de reacomodamiento personal, de investigación interior. Y de repente me picó el bichito de nuevo.

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¿Cuándo decidiste armar Diamante y cómo podrías definir el estilo?

Hace tres meses.

En realidad, creo que para la mayoría de los músicos el tema de las etiquetas es ingrato, pero a la vez es necesario. Uno a la hora de componer o de tocar, trata de ser libre y cuando sale algo, sale. Después la mente más lógica es la que hace un esfuercito por encasillar, etiquetar.

Y como en ese sentido soy un tipo muy ecléctico y he escuchado música muy diversa, tengo mi lindo mambo en la cabeza. Pero esta vez, con el tema de Internet y de los tags me enteré de la existencia de este género y comencé a investigar. Así me di cuenta que, mucha de la música que me gusta y hago entra en el mote del Acid Jazz. Entonces se dio al revés: en lugar de decir “voy a hacer tal cosa”, la hice y después me fijé donde encajaba.

Y por el nombre, uno hubiese pensado que es más acotado que el jazz en sí mismo, y en realidad es mucho más abarcativo.

Sí, tal cual. Estoy muy contento con este descubrimiento. La contra es que el que no sabe bien de lo que se trata Acid Jazz, lo relaciona con que voy a tocar jazz y nada que ver. Pero lo bueno de que sea abarcativo, es que te permite hacer muchas cosas desprejuiciadamente.

¿Ya tenías los temas?

Agarré de mi repertorio los temas que consideré que tenía más ganas de hacer o recrear y convoqué a músicos con los que ya había tocado.

Es la felicidad misma: tocar con amigos, tomar unos mates, ensayar, pasarla bien y encima hacer música. A esta altura de mi vida, para mí eso es ¡bingo!.

¿Cómo es eso de retomar temas que compusiste hace tiempo? A veces sucede que, pasado un tiempo, uno encuentra en sus producciones detalles que pulir, ¿te suele suceder eso con la música?

Sí, por supuesto. Como autocrítico soy tremendo (risas).

Me pasa mucho, pero con los años aprendí que esa neurosis hay que controlarla porque si no nunca salís al ruedo, todo queda en una cosa abstracta, en la idea. Entonces, si bien en la música podés retocar y corregir miles de cosas, en algún momento tenés que soltar… la perfección es eterna, no terminás nunca. Pero la pregunta sería: ¿cuándo soltás? ¿Con qué parámetro? Y eso, creo, lo va dictando la intuición y el hecho de ver qué genera en otro lo que vos hacés. Generalmente, uno se lo muestra a los seres más cercanos y ahí va viendo la respuesta. Cuando esas respuestas comienzan a coincidir, quiere decir que hay una sincronicidad en la que alguno está haciendo algo que entra en el orden de algo un poquito más objetivo, que no es tan tu propio mundo, sino que estás saliendo y tocando una fibra que al otro también lo toca.

Es un misterio, pero hay cosas en el orden de lo artístico que no son lógicas, ni explicables. Y por suerte no lo son… porque entonces hay algo que uno controla y mucho que no. Y eso es lo maravilloso también. 

Porque también, de alguna manera, te sorprende… 

Claro, y además resignificás todo el tiempo. 

En lo personal, nunca fui muy ordenado, pero por suerte con la música lo logré y, curiosamente, fui guardando en una carpeta letras y músicas que hice desde que empecé a componer… Tengo algunas desde los 12/13 años. Y en ese desorden de papeles diversos, encuentro y resignifico cosas que son increíbles y con las cuales me identifico absolutamente o más que en ese momento en que las creé, porque cuando era chico, era pura intuición, incluso a veces me superaba… Ahora, a la distancia, es como si tuviera un diálogo conmigo mismo a los 14 años… Y encontrarme con esos ‘yoes’ pasados es muy lindo. 

Claro que había cosas para pulir, pero varios de los temas que voy a tocar en la próxima fecha, son letras hechas hace muchísimo que ahora resignifico.

¿Cuál es la próxima fecha?

Es el sábado 2 de diciembre a las 22 horas, en el Lord de City Bell (Diagonal 3 Nº 247). Evento- Facebook

¿Qué tienen tus temas de particular?

Me obligás a hacer autobombo y no me gusta (risas). Son lindas canciones con una base musical contundente y rítmica, que te hace mover la patita. Tiene lindas armonías, y una banda con temas propios que no es poco. Estoy convencido de que, por lo menos el 2 que es la fecha próxima, va a ser una fiesta.

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¿Tienen proyectos a futuro con Diamante? Tal vez sacar un disco, un EP…

Sí, quiero todo (risas).

Mi proyecto a futuro es todo eso, todo lo que sea. Así de rápido que se armó la formación, quiero que las cosas sucedan. Yo ya tengo 48 años, no es como cuando tenés 20 y tenés toda la vida por delante… Aprendí a disfrutar el día a día. Hoy estoy tocando con amigos, está sonando bárbaro y aprendí a ver también para dónde me va llevando el espíritu.

Históricamente La Plata estuvo ligada al rock, y hace un tiempo se la asocia más al sonido Indie… ¿Qué lugar brinda para el género que hacés vos?

No lo sé, porque creo que el Acid Jazz entra en cualquier lado. Es decir, lo que nosotros hacemos entra tanto en un lugar de rock, como en un lugar de jazz. Se puede tocar en cualquier lado porque da para todo.

Más allá del nombre y la etiqueta, yo creo que lo importante es el feeling que se genera cuando tocás… Lo que pasa con el público en el vivo. 

Comenzaste en La Plata, te fuiste a Capital y ahora regresás a la ciudad… ¿Sentís que hay un sonido platense?

Sí, totalmente… No sabría cómo definirlo porque ahora no estoy tan interiorizado. Pero hay mucha movida, muchos grupos, bandas con temas propios, mucha creatividad y un lindo circuito. Eso me encanta y me hace sentir orgulloso.

Diamante- Bandcamp

 

“Estamos todo el tiempo viviendo en el País de Nomeacuerdo”

Por Sabrina Sistro y Daniela Llordella

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Alberto Jauregui Lorda

“¿Vos no tuviste infancia?”

Alberto Jauregui Lorda, es un músico que sí la tuvo, pero que aún hoy no la deja escapar. Es que él es un convencido de que es importantísimo cultivar el hemisferio derecho del cerebro: el de la imaginación.

Alberto es una persona profunda y sabia, y eso se nota. Sin embargo, habita en su alma esa inquietud que lo lleva a jugar todo el tiempo con la escenografía. Es un niño en envase de adulto, que se divierte haciendo lo que ama: esa conjunción entre la música y el teatro, que lo lleva a estar inmerso en un juego eterno.

Con una mirada crítica sobre la sociedad actual, se atreve además a hacer una obra para adultos. Una obra que invita a apagar el celular, a desconectarse de las redes y a recordar en el sentido etimológico de la palabra: “volver a pasar por el corazón”. Chaucha y Palito aflora esa infancia que muchos dejaron atrás y con mucha facilidad, enriquece el vínculo social empardando tres generaciones: hijos, padres y abuelos.

¿Cómo empezaste con la música? ¿Cómo fue tu formación?

Estudie en el Conservatorio, después me pasé al Instituto del Teatro Colón donde hice la carrera de canto y la maestría en canto. Sin embargo, mi formación se dio básicamente a los 24 años cuando entré al Teatro Argentino y empecé a transitar el mundo de la ópera bien desde adentro.

En fin, mi formación es como cantante lírico. He hecho roles importantes, protagónicos, en el Teatro Argentino, en el Teatro Colón y en la mayoría de los teatros del país.

¿Cómo se vinculan la música y el teatro en tu caso?

Esto es un encuentro con la escena, porque además soy profesor de Práctica Escénica en el Conservatorio. Trabajar de eso, desde hace ya 15 años, me ha dado la suerte de tener una apertura en la visión de la canción en general, no de la canción de la ópera, sino de la canción en general como estructura dinámica, como estructura formal, como dramaturgia. Entender la canción.

Entonces, desde ese punto, es muy interesante abordar estos trabajos porque todo, aunque parezca simple, tiene un trasfondo poético y profundo.

 

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¿Cómo iniciaron el Festival María Elena Walsh?

Hacía ya seis años que veníamos haciendo el infantil en vacaciones de invierno en City Bell. Tomamos un espectáculo y lo desarrollamos dos años. Chaucha y Palito se hizo el año pasado como Chaucha y Palito en el País de Nomeacuerdo y ahora es El viaje de Chaucha y Palito desde el País de Nomeacuerdo. Hicimos cambios de algunos textos y canciones e incorporamos al cohete en una especie de viaje. Así transcurre el segundo año de Chaucha y Palito. El año que viene Dios dirá, porque se nos acabó el repertorio (risas).

¿Por qué decidieron ahora transformarlo en Festival?

Porque nos pareció que tenía más fuerza y que daba una especie de globalidad. Me gustó la idea de lo abarcativo del festival y nos daba la posibilidad de poder ampliarnos.

¿Con qué se van a encontrar las personas que concurran?

El festival de María Elena Walsh se inicia con la obra Las Canciones y los niños, que tuvo lugar el sábado 17, porque queríamos ver cómo se involucraban los chicos en el tema de las canciones de María Elena Walsh. Hay un vínculo muy importante de los niños y las canciones de María Elena Walsh a través de la escuela, fundamentalmente. Y nosotros hace seis años que venimos haciendo la obra para chicos pero queríamos que, en este festival, los chicos hicieran esta obra. Entonces, dentro de la primera etapa del festival, hicimos el espectáculo Las canciones y los niños donde estuvieron invitados una escuela de danzas, una escuela de instrumentos musicales de cuerdas, violines, violonchelos y violas; y estuvo también el coro de niños de la Municipalidad de La Plata. Además, estuvieron los protagonistas de Chaucha y Palito. Es una especie de encuentro donde los niños puedan expresarse.

Ahora el festival sigue con El viaje de Chaucha y Palito que va a estar todas las vacaciones y el próximo sábado vamos a estar con la obra María Elena Walsh para grandes.

¿De qué se trata la obra?

Chaucha y Palito es una obra que nosotros armamos con lo que nos pareció más interesante y divertido de la literatura de María Elena Walsh, junto con una serie de canciones que no habíamos hecho en los anteriores espectáculos. Primero hicimos Canciones para mirar, luego hicimos Doña Disparate y Bambuco y después seguimos con Chaucha y Palito.

En un principio, sentimos que no íbamos a alcanzar a llegar a armar un producto interesante, genuino con lo que quedaba por hacer, pero la obra de María Elena Walsh te sorprende todo el tiempo. Y vos agarras esas canciones y te das cuenta que todo el tiempo está tirando una energía y una imaginación que nunca se agota.

En el caso del espectáculo para grandes, cantan los dos protagonistas y yo. Ahí, por ejemplo, leo el poema a Eva. Es interesantísimo cómo una mujer que no viene de un extracto íntimamente popular, pinta con su metáfora la realidad de un ser como Eva y la realidad de una sociedad del momento desde los dos ángulos… la pinta con una metáfora exquisita.

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Recurriendo a textos de María Elena Walsh hacen un informativo al que denominan el “Ni te informo

La obra se llama Chaucha y Palito desde El País de Nomeacuerdo, ¿por qué eligieron esa canción?

Ese título para nosotros es un símbolo porque estamos todo el tiempo viviendo en el País de Nomeacuerdo; y hoy más que nunca. Tenemos una forma de vida en la que pensamos que lo que hicimos ayer ya no existe. Estamos todo el tiempo focalizando en el mañana, ni siquiera en el ahora.

Hay tres cosas muy terribles que están pasando: la gente tiene miedo de hacer algo que no le sirva para mañana, tiene miedo de perder el tiempo, pero después lo pierde estúpidamente. Andan a tres mil, zigzagueando con los autos para después llegar a la casa, prender el televisor y mirar a Tinelli. Además, la gente también tiene miedo de ser usada, pero usa todo el tiempo (risas). Eso es terrible.

Y creo que el País de Nomeacuerdo tiene esa frase que es un hito: “En el País de Nomeacuerdo, doy tres pasitos y me pierdo”. Solamente a alguien genial se le puede ocurrir eso. Entonces me parece que no somos geniales, pero nos representa en nuestra búsqueda, tal vez, mucho más que en nuestra realidad. Pero queremos ser eso.

¿Qué valor simbólico tiene María Elena Walsh para los chicos de hoy?

Sin duda, son niños completamente distintos; con otro nivel de información, con otra formación. Pero hay otra cuestión muy interesante que cada vez que la pienso, me emociona. Hay un vínculo intergeneracional que hace que se junten padres y abuelos en el hecho de mirar un espectáculo. Es muy emocionante ver al abuelo como trae al nieto y que esté más enloquecido que él. Es como volver a vivir y es hermoso…

Nosotros decimos ‘bueno, ahora los chicos están en otra cuestión, en otra línea de vivencia y de formación’. Pero de repente aparece la canción El reino del revés, o Manuelita y todos empiezan cantar y vos decís ‘¿cómo las saben?’. Y… saben porque saben, porque está. No lo vemos, pero está porque cuando un docente empieza a buscar material no hay vuelta de hoja: María Elena Walsh es lo más jugoso, es lo más intenso, con más imaginación y directo.

Porque habla de todo…

Claro, y porque la obra de María Elena Walsh tiene un nivel de lectura que va desde un nenito de 3 años hasta un hombre de 99. Y es cierto, porque vos cuando vas creciendo vas entendiendo que la obra de María Elena Walsh tiene un mensaje hermoso, importantísimo y profundísimo, que cuando eras chico no lo entendías. No entendías que Manuelita no era solamente una tortuga, sino que era lo que nos pasaba a nosotros: estábamos mirando todo el tiempo a Europa. Como eso, todas las canciones.

¿Los actores son siempre los mismos? 

En realidad no son muchos los que participan. Fuimos incorporando gente a medida que la obra lo ameritaba. También incorporamos un acordeonista, que le da un color mágico. Y además tenemos la batería.

¿Son todos músicos actores?

Menos el pianista que no se quiere poner un gorro (risas). Pero sí, todos hacemos todo. Y fuimos incorporando al espectáculo cosas que nos parecían interesantes, como por ejemplo, la obra de Georges Méliès, un cineasta que tiene esa imagen de la luna con un cohete espacial incrustado. También incorporamos algo muy bizarro que es el primer dibujito del Gato Félix.

Creo que todo esto nos divierte mucho y son cosas que si hubiéramos tenido los elementos de chico lo hubiéramos hecho. Es como el ‘¿vos no tuviste infancia?’ (Risas)

Acá se da lo interesante de que un nene con dos palitos puede hacer un juego hermoso y no todo una cuestión armada que se para aprieta el control remoto y anda… que también es muy lindo, pero esto es como volver a la infancia, hacer tus juguetes. Es distinto, ni mejor ni peor, es distinto. Todos hacemos todo y todos son músicos profesionales.

20228696_10214215808015885_2921740585028701090_n¿Y por qué esa decisión de cambiar a Chaucha y a Palito?

Me pareció divertido, para romper con eso de que el nene es con ‘o’ y la nena es con ‘a’. Entonces eso arma una confusión que es divertida.

Se abre el telón, baja el cohete echando humo y salen Chaucha y Palito vestidos de astronautas, entonces hacen un juego que es muy divertido. Él sale como si estuviera en un lugar donde no hay atmósfera, y ella sale, se saca el casco y lo mira como si estuviese loco. Entonces lo llama, el quita el casco y él como Buzz Lightyear, el de Toy Story, arma una historia de que se ahoga. Después de eso se terminan peleando por quién es quién.

Lo que tiene la obra de María Elena Walsh es que todo el tiempo vivía como en estado de confusión, pero es una confusión interesante, porque no es una confusión, “estúpida confusión”, sino que te va llevando hacia algo y después te deja con la idea el cuestionamiento de qué estás haciendo. Tiene clarísimo el objetivo.

Por eso la trascendencia y por eso es la autora que ha prevalecido indiscutiblemente dentro de lo popular y también de lo formal, de lo culto, de la cultura “culta”. Creo que nadie la discute…

Una invitación a quienes quieran ir a verlos.

No es fácil, pero yo creo que uno tiene que detenerse un momento y empezar a ver, no cómo todo lo pasado fue mejor, porque no es así, pero sí volver a la chaucha y palito, a cuando hacíamos las cosas desde niños: con nada. Tomarse un paréntesis, cerrar la computadora y empezar a ver un mundo que sigue existiendo en muchos lugares, que es el de la imaginación, el de hacer las cosas con el poder de la mente, y no con el poder ni del dinero, ni de la ciencia. Con el poder de algo que está adentro nuestro y que está en todos, pero algunos lo dejamos salir y otros lo tenemos atrapaditos y no lo dejamos fluir.

A mí no me gusta el clásico: ‘ustedes tienen que venir al espectáculo porque es un show genial, porque los cantantes son muy buenos y porque van a ver una obra infinita’.

Yo creo que el venir acá es encontrarse con alguien que uno fue, con alguien que uno seguramente dejó y que, en muchos casos, tiene abandonado en su arcón de las cosas olvidadas y que no quiere mostrar porque le parece que ya no son importantes.

Creo que esta obra es un encuentro con uno mismo y un encuentro con los nietos, con los hijos, y será con los bisnietos y con los tataranietos porque creo que es un ciclo infinito.

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